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Roraima mística: Meseta de encantos

Texto y fotografías: Diana Sanjinés

El ejército de tepuyes que sobresalen imponentes en la plácida sabana resguarda un panorama privilegiado. El Roraima, como todo dirigente, es el centro de atracción. La mística que lo rodea empuja obligatoriamente a una aventura. Cuando se avista su silueta rectangular, una adrenalina que embriaga el cuerpo impide abandonar la misión de conquistarlo. Se necesitan 6 días de caminata con una mochila de 10 kilos sobre los hombros para completarla. Un itinerario que simula el pago de una promesa, pero es más bien el regalo de un destino inolvidable.

Los pemones de San Francisco de Yuruaní, en el estado Bolívar de Venezuela, representan la comunidad indígena anfitriona. Reciben a los aventureros con una calle asfaltada repleta de puestos con artesanía local y una cuadra rudimentaria con casas humildes llenas de folklore. Un rústico trasladará a los excursionistas al primer campamento de la travesía y la puerta de entrada al Roraima: Paraitepuy. A partir de allí se medirá la fuerza de las piernas dispuestas a llegar a la meta.

En una caseta de guardaparques revisan los documentos y el equipaje para autorizar la partida. Es requisito obligatorio la compañía de guías expertos que conozcan el trayecto y vigilen la conservación del ambiente en todo el recorrido. Aproximadamente, se caminarán seis horas diarias de un campamento a otro y es indispensable el espíritu aventurero: la era 2.0 es desconocida en este oasis sin señal. La única conexión que se logrará será con la naturaleza.

Rumbo a la base del tepuy

Brisas cálidas en un entorno árido acompañan la marcha. Un estrecho camino de tierra agrietada con un llano de monte alrededor y una que otra serpiente cascabel merodeando son la antesala de un horizonte lejano: la pared del Roraima con la forma de un Maverick en el centro de su cúspide y su vecino, el Kukenán. Ríos como el Ték refrescan la garganta y maravillan la mirada, son el toque mágico que embellece el encuadre, pero hay que asegurarse de tener equilibrio y un par de zapatos extras porque al cruzarlos es muy probable caerse y empaparse.

Las horas transcurren lentas, un termo lleno de agua y galletas de aperitivo pueden ser cruciales cuando se tiene horas andando bajo el sol. Ir en grupo no es sinónimo de fijación. Cada cierto tiempo, con naturalidad, la fila se desapega y sin mucha distancia entre cuerpo y cuerpo se impone la soledad. Es aquí cuando el viaje se convierte también en un ejercicio de reflexión. Se medita, se proyectan acciones y se refuerzan memorias del pasado. A veces, la mente juega en contra y dicta pensamientos de desesperación, pero con solo fijar la mirada en el objetivo la voluntad de seguir vuelve.

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Llegar finalmente al campamento base, y ver el Roraima elevarse tan cerca, con la silueta de América del Sur plasmada en su pared, luego de tres días de visualizarlo a lo lejos, es un logro que impulsa la siguiente meta: alcanzar su cima.

Debajo quedarán los pemones de paso acelerado que van y vienen inmutados con más de 10 kilos sobre sus espaldas. La fortaleza de sus hombros es envidiable. Desde muy pequeños acondicionan su cuerpo para soportar peso y caminar largas distancias. Una rutina agotadora, exigente, llena de voluntad, pero siempre acompañada de una sonrisa.

Superficie de otro planeta

La vegetación da un giro. Una especie de selva acompaña el trayecto de subida. Destellos del sol apenas se cuelan entre las ramas. Se pasa de un calor inclemente a un frío húmedo. Se eriza la piel. Más por el paisaje que por el clima. La pared de la imponente meseta, que se realza a 2810 msnm, atrae al cuerpo como un imán. Tocarla es una recarga de energía automática. El efecto Roraima actúa sobre el ser humano sin pedirle permiso. Su naturaleza le hace entender que incluso antes de irse ya está obligado a volver.

Las piernas empiezan a pedir clemencia, pero lo más duro ya pasó. Es momento de disfrutar la magia de una cumbre fuera de órbita. El color marrón se apodera del paisaje. Su formación geológica data del Precámbrico y tiene unos dos mil millones de años, por lo que representa uno de los ecosistemas más antiguos del planeta. Para resguardarlo, es indispensable evitar dejar cualquier tipo de desperdicio y llevar de regreso, en bolsitas con cal, las heces y la orina propia. Ante tanto asombro, incluso respirar su aire se convierte en una novedad.

El panorama es espléndido: de un lado, la sabana infinita se asoma debajo de las nubes. Del otro, un suelo lunar con una fauna y flora exuberante. Ranitas negras miniaturas que no saben saltar se esconden entre plantas carnívoras. El silencio, como un rey, se resguarda con el eco de vientos helados. Gotas pesadas que caen del cielo se combinan con el húmedo calor que rocía el sol para avisar que allí el clima no tiene predicción. Los pemones que dirigen la aventura narran leyendas dignas de una película de terror, como los extranjeros perdidos que nunca fueron encontrados o los susurros ahogados que se escuchan al atardecer.

No hay mapas para recorrer la superficie de esta maravilla, solo la confianza en la memoria de los guías. Imperdible es un chapuzón helado en los jacuzzis naturales. Necesaria es una caminata por el Valle de los Cristales, llamado así por su abundancia de piedras de cuarzo. Indispensable para guardar el recuerdo es una fotografía en el punto triple, que marca la frontera entre Venezuela, Brasil y la Guayana Esequiba. Emotivos son los minutos de meditación en “la ventana” y el “abismo” desde donde se observan paisajes increíbles solo cuando se mantiene silencio absoluto, pues de lo contrario se cree que las nubes nunca se despejarán.

Una vez que se cumple todo esto, no queda más que disfrutar de un chocolate caliente en los campamentos identificados como ‘hoteles’, admirar el cielo nocturno con el espectáculo que regala la Vía Láctea, hacer nuevos amigos de diferentes países que se aventuran a conocer este destino y preparar las piernas para el camino de regreso con una nueva energía que marcará un retorno indiscutible.

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