La mitología griega se encargó de situar al monte Olimpo como la mágica sede de sus relatos. Encontrarse de frente con el Partenón y admirar su imponente belleza es volverse parte de una realidad que pareciera utópica. Es imaginar a Hércules y a las musas en pleno musical. Es elogiar a los hombres que fueron capaces de construir semejante estructura. Es descubrir desde lo alto una Atenas de cemento rodeada de una historia fascinante. Es reconocer que la cuna de la civilización esta allí, bajo ese mismo cielo y entre esa cálida brisa.